[Opinión] The Legend of Zelda: Breath of the Wild

El lanzamiento de cada nueva entrega de The Legend of Zelda es un hito dentro de la industria. En el caso de que hoy nos toca, Breath of the Wild para WiiU y Switch, la importancia era aún mucho mayor. Estábamos ante el primer Zelda que aspiraba a reinventarse. A aprovecharse de una mayor potencia de hardware para ofrecer una experiencia más compleja y rica. A dejar una impronta imborrable en los jugadores como punto y final a la corta vida de WiiU, y como punto de partida para Switch y la nueva legión de jugadores de Nintendo.

La expectación no podía ser mayor. Y en mi caso era la prueba definitiva de que esa saga que tanto había amado y tanto me unía –y une– a personas cercanas se quitaba de encima las cadenas de sus propias reglas para acabar con esa sensación de agotamiento de la que venía haciendo gala la saga en los últimos tiempos.

Después de más de 60 horas, mucho jugado, mucho explorado pero aún mucho más por hacer en el basto mundo de Hyrule; intentaré dejar constancia en los próximos párrafos el por qué Breath of the Wild ha dejado una base tremenda con la que trabajar para próximas entregas pero por qué personalmente no me parece un juego tan redondo como la mayoría de las webs apuntan y como esperaba en un principio.

The Legend of Zelda deja paso a Breath of the Wild

¿Ves aquella montaña de allí? Pues podrás llegar hasta allí.” Esa era la carta de presentación de Breath of the Wild en aquel vídeo de Miyamoto y Aonuma en el que se nos quería vender la esencia del juego. El que ante todo tuviéramos claro que íbamos a presenciar una aventura única y de grandes dimensiones. ¡Y vaya que así ha sido! Que Breath ot the Wild nos recuerde al primer juego de la saga aparecido en la grandiosa NES no es casualidad. Los diseños de arte, las declaraciones, la propia esencia del juego… Todo era una constante para hacernos ver que el mundo que se abría ante nosotros iba a estar disponible desde un principio para crearnos una aventura a nuestra medida. Una aventura que no tenía por qué ser igual para todo el mundo. Y de hecho se ha conseguido.

Tras despertar de un sueño centenario y como si del mito de las cavernas se tratase, salimos a la luz. Al mundo real y gigantesco que espera nuestra llegada. Y hasta ahí podrían llegar las similitudes de cómo ha vivido cada uno de los jugadores de Breath of the Wild su travesía en busca de liberar Hyrule de las manos de Ganon. La libertad es absoluta. Nadie nos obliga a seguir un orden establecido. Nadie nos empuja a hacer más o menos misiones. Incluso si nos vemos con la suficiente habilidad, no tenemos por qué entretenernos con nada, Ganon puede probar nuestra espada desde el inicio.

Pero la cosa no se queda ahí. Un mundo enorme y sin barreras no sería nada si está vacío. Afortunadamente, el trabajo de tantos años parece que ha dado sus frutos. Todos los creativos de Nintendo con la ayuda de trabajadores de otros genios del género como Monolith han conseguido algo muy difícil y de lo que pecan muchos juegos de mundo abierto. Pese a las grandes distancias que separan los puntos de interés en Breath of the Wild, no se hace pesado recorrerlas. A caballo, a pie, por teletransporte… Hay varios métodos para viajar pero la mezcla de todos son de lo más satisfactorio. ¿A qué se debe? A que en cada rincón te puedes encontrar algo que hacer: un poblado enemigo, frutas o animales que cazar para prepara platos, un kolog que te de semillas para aumentar el espacio del inventario, un santuario (los famosos 120 minitemplos)… Miles de aventuras que vivir. Pero no solo eso.

Otro matiz que diferencia a Breath of the Wild del resto de juegos de mundo abierto es la barra de resistencia. Nuestro amigo Link solo aguanta un determinado tiempo corriendo, escalando o planeando. Este simple detalle es capaz de limitarte de tal manera que escalar una montaña concreta, en la que has visto algo interesante gracias al catalejo, se convierte en un “puzle” de por sí. Si te fijas una meta te lo vas a tener que currar. No es tan simple como pulsar un botón y tira millas. Busca una ruta por donde haya llanos para poder descansar entre escalada y escalada. Busca un camino alternativo por donde llegar. Espera a tener más resistencia o habilidades que te ayuden en tu objetivo. Vuelvo a repetirlo una vez más. La libertad que te ofrece Breath of the Wild en cuanto a cómo vivir tu propia aventura y la hora de resolver los problemas que se te presentan a tu paso es impagable.

¿Los guardianes vienen para quedarse?

Ahora bien. La travesía es alucinante. Pero… ¿Qué pasa cuando llegamos a uno de los elementos característicos de The Legend of Zelda? Los templos. Para mí es uno de los grandes problemas de este Breath of the Wild. Una de las razones por las que este juego no alcanza la perfección. Estoy de acuerdo en que se necesitaba romper con lo establecido. Pero eso no tenía por qué significar que se empezara desde cero restándole importancia a algo tan importante en un Zelda.

Breath of the Wild basa sus templos en las físicas presentes en el juego. Tanto los 4 templos como los más de 100 minitemplos repartidos por el mapa. Unos pueden jugar con la gravedad. Otros pueden jugar con las llamas. Otros con la electricidad. Pero no hay una diferenciación real entre ellos. Todos y cada uno de ellos tienen la misma estética aunque luego se resuelvan de maneras totalmente distintas. Hay que reconocer que hay una variedad amplia y que casos como el santuario de una Isla que no voy a revelar, son una sorpresa más que agradable. Aun así, y sobre todo en el caso de los 4 grandes templos, no tienen el carisma que derrochan otros templos de la saga y se hacen muy cortos. Y otro tanto pasa con los jefes finales. Quedan en ridículo si los comparamos con jefes de verdad como Volvagia, Argorok o Gohma.

Olvidémonos también de herramientas como el gancho, la peonza, las botas de metal… Aquellos objetos que fueron apareciendo en Zelda dejan paso a la piedra Sheika con la que podemos utilizar bombas, levantar pilares de hielo del agua, atraer cualquier objeto metálico o paralizar un elemento del escenario para que deje de actuar o aplicarle energía cinética a base de golpes. No hay más allá. Eso sí, muy divertido comprobar hasta qué punto se pueden explotar las nuevas herramientas. En el juego se te enseñan los usos más lógicos y simples. Pero si sabes llevarlas al límite, probablemente descubras que puedes resolver los puzles de maneras muy ingeniosas.

Voy a por aquel Moblin… ¿Otra vez Game Over?

Si algo le sienta como un guante a este Breath of the Wild es el aumento de dificultad general del juego respecto a anteriores entregas y el nuevo sistema de combate. El Z-Lock y aporrear el botón A ya no te garantiza la victoria. Los enemigos son más fuertes y más listos. No es la mejor IA exista pero cumple para garantizar una mejor experiencia. Los enemigos reutilizan armas, tienden emboscadas y aprovechan su entorno contra ti. En nuestra mano está usar la cabeza para idear una táctica efectiva o entrar a saco y confiar en nuestra capacidad de combate. Lo que sí puedo asegurar es que la pantalla de Game Over aparecerá más de una vez en cada partida. Hay que estar siempre centrado ante cualquier improvisto. Y no solo me refiero a lo que nos puedan causar los lizalflos, bokoblins o centaleones.

Hyrule también es un enemigo a tener en cuenta. Sus diferentes climatologías afectan de manera notoria a Link. Si llevamos algo metálico en medio de una tormenta caeremos fulminados. Si escalamos una montaña helado sin un traje específico para el frío o hemos cocinado algún plato para contrarrestarlo moriremos por hipotermia. Algo parecido si no tenemos agua o salimos de la sombra en ambientes desérticos. Incluso una mala caída mientras escalamos o un golpe de un monstruo que nos empuje acantilado abajo. Ahí entra en juego la variedad de armas y armaduras que se encuentran en Breath of the Wild. Y por esa misma razón el cambio entre armas es tan rápido. Para aprovechar cada arma y realizar combos en cuestión de segundos.

¿Y qué pasa con nuestra vida? Los corazones siguen siendo un emblema de la saga Zelda pero con algunas diferencias. Los hierbajos de Hyrule pueden vivir tranquilos en Breath of the Wild. Para recuperar corazones existe la comida. Frutas, carnes, pescados o setas. Platos elaborados en los fogones o cruda. Con especias o asadas sin más. Todo influye en el resultado final y cuanto más probemos a hacer combinaciones más sabremos como combatir a los elementos o incluso mejorar nuestras características como el ataque o la resistencia.

¿Oyes eso? Es el silencio…

 

He aquí la mayor pega que tengo respecto al juego. Personalmente considero la música como el alma de un videojuego. Como ocurre con el cine, la música puede llevar un momento ya de por sí emotivo a un escalafón superior. Consigue que el recuerdo de un momento concreto profundice aún más en nuestra memoria. Breath of the Wild no consigue producirme ninguna sensación con su música. Sus tenues sonidos de piano durante los los viajes por Hyrule que ganan en intensidad y acompañamiento instrumental durante los combates. Los tintineos que se oyen en los santuarios. Las melodías de viento de los pueblos y postas. Ninguna pasará al recuerdo.

Por mucho que me duela decirlo, la banda sonora de Breath of the Wild me parece el trabajo más mediocre de la factoría Zelda hasta la fecha. Entiendo que no se quiera machacar al jugador con la ya mítica melodía del “overworld” en pos de acompañarnos sutilmente pero me extraña tal “desprecio” a la música en un producto de Nintendo. Y llegar al castillo de Hyrule en busca de Ganon y que ahí sí gane importancia la música no me ayuda a pensar lo contrario. Una franca decepción que no enmascara un más que digno doblaje al español por primera vez en la franquicia..

Por otra parte tenemos el apartado visual donde no puedo más que rendirme ante lo que se ve en Switch y WiiU. Un juego de tales dimensiones, con tanta libertad y tan bonito es para alucinar. Y poder jugarlo en modo portátil en cualquier lugar ya no digo nada. Es cierto que algunas texturas podrían ser de más calidad o que en ocasiones el motor se resiente. Pero el cómputo global es increíble. Es un juego por el que pasará el tiempo y nunca diremos: ¿Cómo jugábamos a esto en su día? Se nos vuelve a demostrar una vez más que un buen diseño artístico perdura más que un apartado técnico portentoso. Es un placer ver llover -aunque sea un problema para escalar-, admirar tormentas y esperar a que escampe para seguir nuestro camino. Hay que verlo en persona para darse cuenta realmente de lo bien que se ve Breath of the Wild. Las imágenes no le hacen justicia.

 

 

Breath of the Wild es un juego donde prima la sensación de descubrimiento de un mundo nuevo. De ir conociendo sus gentes, sus pueblos, sus recónditas cuevas. De sentirte como Edmund Hillary escalando el Everest cuando coronas cada montaña. Y sobre todo, de saber que todo lo que consigas lo has alcanzado por ti mismo. En la última entrega de Zelda no se te trata como un idiota. El esfuerzo gastado en resolver las misiones y pruebas que se te presentan, ya sean a modo de puzles o feroces combates, tiene su recompensa. La libertad. Además, banda sonora aparte, se nota un mimo especial en cada detalle. Podría escribir párrafos y párrafos de todo lo que se ha hecho en el diseño del juego, de hasta que punto han llegado a exprimir sus cerebros los creadores del juego. Tanto tiempo de desarrollo ha merecido la pena. Y cuando descubráis esos detallitos tan tontos como que una espada se oxiden el agua o un alimento se congele en un lago; os daréis cuenta del trabajo que hay detrás.

Por otro lado, este título puede ocasionar la pérdida de más de un jugador clásico de la saga. Es un enfoque tan radicalmente distinto que puede llegar a echar para atrás. Es Zelda menos Zelda de todos. Hay cambios que son de agradecer para cualquier fan pero otros que requieren tener unas miras más abiertas.

De todas formas, The Legend of Zelda: Breath of the Wild es un juego que todo amante de esta mundillo debe al menos probar. Las horas pasan sin darte cuenta y por mucho que juegues parece que nunca se va a acabar.

No quiero aventurarme a decir que se erigirá como un referente dentro de los juegos de mundo abierto pero sí que pueden tomar ideas para mejorar y resultar todos los jugadores beneficiados. Esperemos que este título sea solo una muestra del potencial de lo que veremos en Switch porque el comienzo no puede ser mejor.

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